Del cañaveral al barrio gastronómico

Si caminás hoy por la calle Báez un viernes a la noche, entre el murmullo de copas de vino, el aroma de la parrilla y las risas que salen de cada restaurante, te cuesta imaginar que hace poco más de cien años todo eso era un pantano. Literalmente. Un bañado lleno de cañas silvestres donde el arroyo Maldonado se desbordaba cada vez que llovía y los pibes del barrio se tiraban en tablas a surfear la corriente hasta lo que hoy es la calle Juramento.

Esta es la historia de Las Cañitas. Y es bastante más interesante de lo que pensás.

El origen del nombre: cañas, quintas y una pulpería

¿Por qué se llama Las Cañitas? Hay tres versiones y ninguna es definitiva.

La más aceptada dice que entre las actuales avenidas Luis María Campos y Del Libertador existía una quinta enorme llamada “Las Cañitas”, bautizada así por el cañaveral que crecía en los bajos del arroyo Maldonado. La quinta existió hasta principios del siglo XX, cuando fue loteada y transformada en lo que hoy conocemos.

La segunda versión es más simple: el camino que cruzaba la zona estaba bordeado de plantaciones de cañas, y la gente lo llamaba “el camino de las cañitas”. Ese camino, con el tiempo, se convirtió en la actual Avenida Luis María Campos por una ordenanza municipal de 1914.

Y la tercera — la más porteña de todas — dice que había una pulpería sobre el camino donde los conductores de carretas paraban a tomar una cañita (una medida de caña, la bebida). Los paisanos descansaban, tomaban su trago y seguían viaje. Si esta versión es cierta, Las Cañitas nació alrededor de un bar. Lo cual, pensándolo bien, tiene todo el sentido del mundo considerando en lo que se convirtió el barrio.

Para entender Las Cañitas hay que retroceder al siglo XIX. Cuando el presidente Nicolás Avellaneda federalizó Buenos Aires y la declaró capital de la Nación, los límites de la ciudad eran muy distintos a los actuales. En los documentos oficiales se describe que la sede del gobierno federal terminaba al sur en el “Camino de Las Cañitas”. Es decir: Las Cañitas era literalmente el borde de Buenos Aires. Más allá, campo abierto.

La zona era inundable, pantanosa y bastante inhóspita. Las crónicas de la época la describen como “esa pesadilla sanitaria que fue el arroyo Maldonado”. No era exactamente un lugar donde quisieras vivir.

Pero tenía algo a favor: mucho espacio verde y llano, perfecto para una de las grandes pasiones porteñas: los caballos. Las tierras se usaban para entrenar caballos de carrera del cercano Hipódromo Argentino, inaugurado en 1876. Los porteños ya eran fanáticos de las actividades ecuestres, y estas tierras eran el backstage de las carreras de Palermo.

Los militares, el polo y la transformación

A principios del siglo XX todo cambió. La quinta grande llamada Las Cañitas y otras quintas de la zona fueron eliminadas, los terrenos se lotearon y se construyeron los primeros monoblocks destinados a militares. La zona se llenó de edificios del Ejército: el Regimiento, la Escuela de Guerra, el Hospital Militar, residencias para oficiales y sus familias.

En paralelo, donde antes se entrenaban caballos de carrera, se instaló el Campo Hípico Militar. Y de ahí al polo hubo un solo paso. El Campo Argentino de Polo se consolidó en estas tierras y se convirtió en lo que es hoy: la catedral mundial del polo, sede del Abierto Argentino — el torneo más importante del planeta.

En la década del ’50, Las Cañitas era reconocido como uno de los barrios más tranquilos de Buenos Aires, encajonado entre dos diagonales y con poco tránsito. Los vecinos tomaban el vermut en el Bar La Paloma, compraban en el almacén de Don Manuel y los martes y jueves recorrían la feria que se montaba sobre el Boulevard Chenaut. Una vida de barrio pura, lejos del ruido del centro.

El boom de los ’90: cómo Las Cañitas se convirtió en el barrio gastronómico de Buenos Aires

Si la historia de Las Cañitas fuera una película, el punto de quiebre sería la década de 1990.

Hasta ese momento, el barrio era residencial, tranquilo, casi secreto. Pero dos cosas cambiaron todo.

Primero, en 1995 abrió el Solar de la Abadía (hoy El Solar Shopping), construido reciclando una antigua fábrica de gas carbónico llamada “Gas Carbo”. El estudio de arquitectos Bodas-Miani-Anger conservó los ladrillos a la vista y las vigas originales, creando un centro comercial con un encanto único que ganó el premio Maxi Award al Diseño Innovador en 1997. El Solar se convirtió en el punto de encuentro del barrio.

Después, casi como una reacción en cadena, empezaron a abrir restaurantes, bares y pubs sobre la calle Báez. Uno tras otro, sin parar. En pocos años, Báez pasó de ser una calle residencial tranquila a convertirse en uno de los corredores gastronómicos más activos de toda Argentina.

La movida gastronómica atrajo más gente, más gente atrajo más inversión, y la inversión trajo los edificios de alta gama que hoy definen el skyline de Las Cañitas: torres modernas con vista al Campo de Polo, amenities de lujo y departamentos que compran jóvenes empresarios, artistas y profesionales exitosos.

Si alguien le hubiera dicho a aquellos conductores de carretas que paraban a tomar una cañita en la pulpería del camino que dos siglos después ese mismo lugar iba a tener lista de espera para cenar un martes, no lo habrían creído.

Las Cañitas pasó de ser un pantano inundable a una zona militar, de zona militar a barrio tranquilo de familias, de barrio tranquilo a polo gastronómico y nocturno, y de polo gastronómico a uno de los barrios más deseados y exclusivos de Buenos Aires. Todo en poco más de cien años.

Y lo más interesante es que la historia no terminó. Cada semana abre un local nuevo, cada temporada de polo trae visitantes de todo el mundo, y cada vecino que elige vivir acá le suma un capítulo más a la historia de este barrio que — como dice su nombre original — empezó con unas simples cañitas al borde del agua.


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